jueves, 13 de octubre de 2016

Una historia de Napoleón (XXVII): la transfiguración

El incomparable meteoro había terminado su trayectoria por la tierra. Había tomado sus medidas para que aquella carrera no se interrumpiera. Muerto, Napoleón se anima con nueva vida. Tras tantas metamorfosis, he aquí que se convierte en imagen e idea.

Napoleon Bonaparte a caballo

Maravillosos acontecimientos se habían acumulado sobre la única cabeza que fuera bastante fuerte para sostenerlos y capaz de servirse de ellos. Humildes comienzos, triunfos y desastres, componían la iluminación de sus vivos colores. Ni siquiera faltaba la adversidad. Una constante buena suerte, su estrella, celosamente empeñada en empujar hasta la perfección a una vida heroica, hacían ganar a Bonaparte el gran premio de la gloria. Y esa misma gloria le premiaba el que no hubiera amado verdaderamente más que a ella. Siempre había picado alto, calculando en grande. He aquí lo que le ha deparado la mayor parte de su presencia póstuma, de la inmortalidad subjetiva que un hombre pueda obtener.

lunes, 10 de octubre de 2016

Una historia de Napoleón (XXVI): Santa Elena, el martirio

Prisionero, vivió Napoleón en Santa Elena cinco años, seis meses y dieciocho días, casi lo que separa la entrevista de Erfurt de la primera abdicación. Murió antes de expirar el año cincuenta y dos de su existencia. Pasó, pues, en el cautiverio para meditarla y modelarla a su guisa. La reclusión y el vacío de las horas, el aislamiento y la ociosidad, después de haber llenado el teatro del mundo, fueron un último beneficio de la fortuna. Obra perfecta de arte, su vida fue coronada por el sufrimiento y por el martirio. Para los héroes gigantescos hace falta la roca de Prometeo, la hoguera de Hércules y la de Juana de Arco; la religión napoleónica ha dicho que la cruz sobre el calvario.

Santa Elena y Napoleon Bonaparte

Aquí son una vez más las circunstancias las que contribuyen al renombre del emperador. Entregándose a sus enemigos había estado inspirado. Los ingleses, desterrándole a un extremo del mundo, trataban menos de vengarse que de desembarazarse de un personaje molesto, que no tenía puesto en ninguna parte. Estaban, sin duda, obligados a guardarle; nadie le reclamaba. Los demás gobiernos estaban bastante satisfechos de abandonar Napoleón a Inglaterra. Todas las soluciones tenían inconvenientes o peligros. El gabinete de Londres optó por la rápida relegación, sin ruido, sin escándalo, evitando sobre todo caer en el error de una acusación o de un juicio con gran pompa. Se secuestraba al "general Bonaparte" en una isla casi inaccesible, con consignas severas, y se organizaba el silencio en torno al cautivo. En cuanto a Napoleón, no conservaba más que un derecho, pero precioso: el de quejarse. Se había rendido sin condiciones, confiado en la generosidad del pueblo inglés, que le hacía sufrir un trato inhumano. Se convertía en una víctima. Su sistema fue juzgar según las leyes de la hospitalidad las medidas que se tomaban contra él, según las reglas de la vigilancia. El espíritu mezquino de sus carceleros hizo el resto. Una de las ocupaciones del prisionero de Santa Elena fue la de anotar sus faltas contra el decoro, exagerar sus agravios y tomar al mundo y a la posteridad por testigos de la crueldad de sus verdugos y de los ultrajes de que le colmaban.

sábado, 8 de octubre de 2016

Una historia de Napoleón (XXV): Waterloo, triste llanura

De todas las batallas libradas por Napoleón, la más célebre es la que perdió. Waterloo trae a su historia la catástrofe, que es el acontecimiento último y principal de las tragedias. Un desastre súbito, total, resonante; tantas victorias, tantas hazañas estratégicas que terminan en un hundimiento militar... Un elemento de epopeya y de leyenda que faltaba añadir a la vida de Bonaparte. Esta se superará aún por el martirio, y el martirio no se hará esperar.

Waterloo e historia de Napoleon Bonaparte

Rehaciendo mentalmente la batalla de Waterloo, mil historiadores, el primero el emperador, han demostrado que podía haber sido ganada, que debía haberlo sido, sin preguntarse qué habría ocurrido al día siguiente. Napoleón, vencido, se derrumbó de un golpe. Con Wellington y Blucher en retirada, la guerra hubiera continuado, la misma guerra que venía durante desde hacía veintitrés años. Y el emperador arriesgaba una vez más en esta llanura belga, aquella partida, cuya principal puerta había sido Bélgica. Venía a terminar con la ola agonizante de la Revolución belicosa, cerca de Fleurus y de Jemmapes, a las puertas de Bruselas, por los lugares que la República había conquistado y que se había empeñado en conservar, pese a Europa, hasta renegar de sí misma. El desenlace se encuentra en el punto de partida. Aparte el resultado final y la explicación de aventuras inauditas, y, sin embargo, estrechamente enlazadas. La lúgubre resonancia de Waterloo no estriba sólo en la caída de un hombre, sino que significa para los franceses el despertar de un sueño por un duro choque con el mundo exterior. Es el principio de un renunciamiento y de un repliegue sobre sí mismos; para decirlo todo, de una humillación más cruel que la batalla, perdida, al menos, con honor y con brillantez.

jueves, 6 de octubre de 2016

Una historia de Napoleón (XXIV): emperador y aventurero

Napoleón pasó diez meses de su vida en la isla de Elba. ¿Con intención de quedarse allí?, ¿de salir?, ¡qué sabía él! Como siempre, se remitía a las circunstancias. Tomaba con filosofía el nuevo capricho de la fortuna que le hacía soberano de un reino de seis leguas de largo. Cara a aquella Córcega donde había nacido, se encontraba con una pequeña ciudad que le recordaba Ajaccio y Bastia. No le era tan extraño todo. Se le vio pasar sin esfuerzo "de los reyes y reinas que se apretaban a su alrededor en Erfurt a los panaderos y comerciantes de aceite que bailaban en su granja de Porto-Ferrajo". En este escorzo se reconoce a Chateaubriand.

Napoleon Bonaparte mirando al mar

El emperador no había mentido al jactarse de que no le importaban las grandezas y de que no necesitaba tanto. Harto de todo y principalmente de los hombres, ¿qué le importaba vivir aquí o allá? Sólo que es un fastidio que sea tan joven, que esté tan lejos de la edad de retirarse, con esta costumbre y esta necesidad de ocuparse de algo que todavía no ha perdido. Una vez que la ha explorado y que ha dado órdenes para la construcción de residencias y fortificaciones, abrir caminos, mejorar las minas, reformar las finanzas y la administración de su Estado, suspira: "Mi isla es bien pequeña". El estilo mismo no ha cambiado. Las cartas son imperiosas, tan apremiantes como ayer, cuando gobernaba el gran Imperio. No es un hombre aniquilado. Con Bertrand, gran mariscal de palacio; Drovot, el fiel artillero; Cambronne, que manda los cuatrocientos hombres de la guardia; un teniente de navío por almirante de la flotilla, se entrega a un movimiento incesante. Para seguirle y obedecerle "sudan cada uno sangre y agua". Tras los días de tinieblas y agonía que ha vivido después de la abdicación, se expansiona, goza la seguridad.

martes, 4 de octubre de 2016

Una historia de Napoleón (XXIII): las botas de 1793 y la insurrección de los generales

En adelante, la historia de Bonaparte es un drama que se precipita. El tiempo, que siempre le ha sido tasado, le ahoga. De regreso a Saint-Cloud el 9 de noviembre de 1813, abdicará el 7 de abril. Cinco meses solamente. Y después cien días. ¡Plazos de gracia, pero cuán llenos!

Estatua de Napoleon e historia

Al hombre extraordinario, es así, en la adversidad y en la prueba, cuando se le conoce. Si concluye bien la "novela de su vida", si le da un giro épico, es porque, superior al resto de los mortales, los aventaja sobre todo por un sentido infalible de su destino. ¿Qué otro en este hundimiento no hubiera cedido? No basta tener voluntad, fuerza de carácter. El emperador tiene una visión histórica de su propia situación. Llega hoy lo que hubiera podido llegar el primer día del Consulado, riesgo de una sola y misma guerra que él ha tenido la misión de proseguir hasta un fin victorioso como delegado de la revolución para la conservación de las fronteras. En modo alguno bastardeará ese mandato. Antes bien, perecerá con el sueño de la nación francesa en su último atrincheramiento, el del "territorio sagrado", razón de todo cuanto ha hecho.