jueves, 29 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XXI): el Boletín número 29

Es fácil decir, pasado el hecho, que Napoleón sufrió el castigo a su increíble temeridad, y que no podía librarse de un desastre al llevar a la Grande Armée hasta Moscú. Sería preciso, ante todo, que la hubiese conducido allí con deliberado propósito. Se citan de él conversaciones muy extravagantes en las que desarrolla planes de Pirro y de Picrochole, no siendo en ellos la marcha sobre el Kremlin más que una etapa para seguir a la India. Estos testimonios, sospechosos por diversas razones, son posteriores a la campaña de Rusia. Es posible que Napoleón haya dicho algunas veces que iría hasta Moscú si hiciera falta. Nada trascendía de esta intención en el momento de partir y, lejos de haber experimentado la sensación de ser temerario, nada le parecía tan prudente y razonable como sus propósitos. Por otra parte, acusado de haber emprendido esta guerra, ha sufrido otro reproche. Se le ha echado en cara haberla perdido por un exceso de circunspección, por no decir de timidez.

Smolensko y el ejercito de Napoleon

Es fácil, por otro lado, sostener que con un poco de paciencia hubiera podido acabar con Inglaterra, contra la que en aquellos momentos se pronunciaban los Estados Unidos, hartos del embargo que pesaba sobre ellos. Si es cierto que los ingleses no fueron afortunados en esta nueva guerra de América, no lo es menos que en ella habían empeñado poca gente. En definitiva, no fue más que un episodio que no podía alterar en nada el curso de la cosas.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XX): el Rey de Roma

La vida de Napoleón se compone de una serie de escenas hechas para la leyenda. He aquí, en 1811, al héroe triunfador al lado de la cuna del niño rey. A este padre feliz le verá el año siguiente marchando bajo la nieve con un bastón en la mano. ¿Qué artista ha colgado estos cuadros en el muro de la historia?

Napoleon, Maria Luisa y su hijo

El hombre sobre quien se cierne un gran infortunio, se ablanda. Se representa uno a Bonaparte, cuando, se acercan los días malos, más grueso con la satisfacción del matrimonio, enamorado de su mujer, "enamorado de Austria" y, hasta, como dicen ciertas hojas estúpidas de Alemania que le desprecian, de la zapatilla de María Luisa. Se le representa uno ebrio de paternidad, soñando en un Imperio que no será nunca bastante grande para su hijo. Y él mismo hubo de recordar, suspirando, aquel breve paraíso: "¿No me era dable, pues, a mí también, entregarme a algunos instantes de felicidad?" Tal vez gustó tanto los minutos porque tenía el corazón grávido. Durante esos meses en que se prepara la catástrofe, se procura ver al emperador, penetrar su pensamiento, levantar su máscara convencional. Y pocos hombres le han observado fríamente en aquel momento en que cada uno empezaba a pensar en sí mismo, en que muchos le acusaban de arriesgar su fortuna y la de ellos. Cuidadoso siempre de aparecer sereno, de no extender a los demás su inquietud, ilusiona aún a la posteridad. Sus reflexiones interiores no han dejado más que débiles huellas. Hay que calar muy hondo para descubrir sus dudas, sus ansiedades, el combate que se desarrolla en él antes de seguir su destino o, mejor dicho, de correr hacia él, como si supiera que el desastre es inevitable y como si tuviera prisa por ver el final.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XIX): yerno de Césares

Salvo después de Tilsit, quizá todos los regresos de Bonaparte a París, estuvieron llenos de inquietud. Más aún que los otros lo está el regreso de Wagram. Nada puede satisfacer al Emperador, y lo que ha visto, lo que le cuentan, lo que le dicen la razón y el instinto, todo le confirma en su idea de que si no se consolida, y esta vez fuertemente, la primera borrasca se llevará a él, a su corona y a su Imperio. Nunca se ha hecho ilusiones acerca de los hombres ni de su fidelidad. "Se me ha prestado adhesión sólo buscando seguridad; si mañana todo volviese a revisarse, se me abandonaría". Este es el momento de su célebre frase, la frase un hombre que posee el sentido brutal de la realidad. Preguntó a Ségur lo que se pensaría si muriese, y aquél se perdía en frases cortesano: "Nada de eso –respondió el Emperador–; se diría ¡Uf!". Sabe que ya se le soporta más que se le ama; que aquellos para quienes ha supuesto la fortuna, la separarían pronto de la suya si sobreviniera la adversidad, y que pocos encontraría que compartiesen con él, hasta el fin, los riesgos que corre. Los que le observan perciben en él, contra todo el mundo, "no se sabe qué oculta amargura", y en tanto que su madre mueve su cabeza dudando que esto dure, él busca los medios de perdurar, porque ha sentido temblar el suelo bajo sus pies y ha entrevisto el principio del fin.

Maria Luisa y Napoleon Bonaparte

Ante Cambacèrés, el primero a quien llama a partir de su regreso a Fontainebleau, habla con más libertad que ante ningún otro. Le manifiesta sus intenciones, una parte de sus inquietudes. La agresión de Austria, complicada con la insurrección de España, ha sido un golpe peligroso. En Essling se ha escapado al desastre por muy poco. La alianza rusa se ha roto. El mundo alemán fermenta, y Staaps ha producido efectos que ni siquiera sospecha el joven fanático. Ya no son sólo la bala perdida, el disparo hecho al azar los que amenazan la vida del Emperador. Esto se sabe, y hay hombres que lo quieren todo previsto. En París se hacen planes. Después de Murat, es en Eugenio en quien se piensa como posible sucesor. Eugenio, siquiera, sería menos malo. ¿Qué títulos tiene? ¿Quién le aceptaría? Napoleón, echando "una triste y profunda mirada sobre las miserias de su familia" no encontraba capaz de reemplazarle a ninguno de sus hermanos. Sabía que, muerto él, discutirían al heredero que hubiera designado. ¿Esperan siquiera a que Napoleón haya muerto? En Madrid, los que rodean a José hablan de la sucesión imperial como si estuviera abierta. No se consigue gobernar a España, y se tiene un programa para gobernar a Francia. José sueña como la lechera de la fábula. Se contempla Emperador. Bien visto por el Senado, hará liberal al Imperio. Sabrá ser listo, prudente, devolver las conquistas superfluas, contentar a Inglaterra y concluir la paz. Es ya un lugar común, que la Historia repetirá incansablemente, que con un poco de moderación todo se arreglaría, como si de Napoleón dependiera ser moderado.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XVIII): la rectificación de Wagram

Napoleón había salido a disgusto para España. La abandona por necesidad, descontento de sí mismo, de los demás y de los acontecimientos, a los cuales cada año gobierna un poco menos que el precedente. Por un nuevo golpe de fuerza, acaba de restablecer en Madrid a José. Bien sabe que al otro lado de los Pirineos deja guerrillas por todas partes; a los ingleses, echados al mar para desembarcar en otro sitio; a la tropa, descontenta con su cometido; a los mariscales, sin entenderse; a José, siempre quejoso. Y también sabe que, lo mismo que él, nadie se engaña acerca de ello, no sólo en Londres y en Viena, en Berlín o en San Petersburgo, sino en París. "Un hombre que no ha nacido sobre un trono y que ha recorrido las calles a pie", como a sí mismo se define, no se paga de palabras ni de ilusiones. Habiendo tomado mal cariz los acontecimientos de España, que él en persona no ha podido reparar más que en su parte más importante, es él quien cargará con el peso de las consecuencias y con los reproches por lo acaecido, y adivinará que, durante su ausencia, Austria se prepararía a traicionarle, y que los mismos que le habían aconsejado que destronase a los Borbones de Madrid, le acusarían de ambición, de locura y de orgullo.

Napoleon Bonaparte en Wagram

Deja España, donde promete que volverá dentro de un mes, y donde no habrá de aparecer ya más, para entrar en París como un rayo, "exasperado". Durante este viaje a rienda suelta, ¡qué de reflexiones! Sus dos instrumentos de reinar son: dentro, el éxito; fuera, el temor. Si le abandona la suerte, si deja de inspirar miedo, su monarquía se hundirá, y ante él sólo se abrirá un abismo. España es la piedra de toque de todas las fidelidades: la de los servidores, la de los aliados, la de la fortuna.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XVII): la primera nube viene de España

Para comprender la cuestión de España en el reinado de Napoleón, bastaría con recordar las cuestiones griegas durante la guerra europea. Los aliados, en 1917, necesitaban, para la expedición de Salónica, los puertos, costas, carreteras y recursos de Grecia. Era menester que este país no estuviera siempre en trance de pasarse al enemigo, asestando un golpe por la espalda a los aliados. Para que Grecia fuera segura era preciso estar seguros de su Gobierno. Por ello se conminó al rey Constantino a que abdicara. De igual modo, para la guerra con los ingleses, para la expedición de Portugal, Napoleón necesitaba que España estuviera en manos, no solamente amigas y fieles, sino firmes. En todo caso, Carlos IV era su aliado. El único crimen de este rey era su debilidad, sus traiciones, las de Godoy, sus intrigas, la del Príncipe de Asturias. Personalmente, no daba motivos de queja. Derribarlo por la fuerza era difícil. Hubiera sido odioso. Napoleón se vio obligado a contemporizar, a obrar con astucia. Creyó haber dado un golpe maestro cuando, ayudado por los acontecimientos, que se le mostraban demasiado propicios, consiguió que Carlos IV le cediera sus derechos al trono, haciendo otro tanto el Príncipe de Asturias. Entonces la satisfacción de haber encontrado la solución menos brutal y menos costosa le inspiró una confianza que sucedió de modo funesto a una larga serie de precauciones.

Bailen y Napoleon Bonaparte

Como si tuviera el presentimiento de un peligro, se le ve todavía, en los dos primeros meses de 1808 dudoso y perplejo, entregado a diversos propósitos. Está lejos de haber adoptado su decisión. El 25 de febrero escribe de nuevo a Carlos IV para preguntarle qué hay del proyecto de casamiento del príncipe de Asturias con una "princesa francesa". Vuelve a ello, porque este matrimonio lo arreglaría todo, si es que existía la "princesa" capaz de tan alto destino. Mediante ella, España quedaría puesta bajo la influencia directa de Francia. Entonces se podría tener en Madrid un gobierno activo, sustraído a las tentativas de seducción de los ingleses, sin tener que derribar ni reemplazar a los Borbones. ¡Pero cuánto más sencilla acabar con ellos, con sus dramas de familia y la política doble de su ministro, instalando en seguida en Madrid, en vez de una "princesa francesa", que no aparece, un Bonaparte, un príncipe francés! ¿Sería esto tan difícil? ¿No está el pueblo español cansado de la vergonzosa dominación de Godoy? El paso a través de España del ejército de Junot, en marcha hacia la conquista de Portugal, ha sido una fiesta continuada. "Se acudía desde veinticinco leguas por ver nuestras tropas, dice Thiébault; en las ciudades y aldeas, las calles eran insuficientes a los hombres y las ventanas a las mujeres". Y la ocupación de Portugal, que encuentra en aquel momento tan pocos obstáculos, le hace también ilusionarse. Al acercarse Junot, el príncipe regente se embarca para Brasil con la familia real de los Braganza. Bastaría que, siguiendo su ejemplo, Carlos IV, la reina y el inseparable Godoy, se marchasen a Méjico, y la cuestión dinástica quedaría cortada por sí sola; el trono de España quedaría vacante sin que Francia hubiese intervenido y sin que el Emperador se manchase las manos. ¡Quién sabe, también, si un simple intento de marcha no tendría el mismo efecto que la cuestión de Varennes, y si no sería suficiente para descalificar a los Borbones! En este caso, es preciso tener a mano alguien que los sustituya. Napoleón piensa en José o en Luis, aunque no está más contento del uno en Nápoles que del otro en La Haya. Su espíritu fluctúa entre varias combinaciones, sin decidirse todavía por ninguna. Siempre por tener la certeza de que España no ha de entregarse a los ingleses, uno de sus proyectos consiste en ocuparla hasta el Ebro, en formar con las provincias españolas del Norte unas "marcas" según el modelo que diera Carlomagno... Habrá un Roncesvalles.